La cerradura

El ojo de la cerradura estaba enmarcado por una lámina de latón oxidado clavado en la madera con dos grandes remaches de acero. Destacaba sobre la superficie oscura de la puerta y actuaba a modo de proyector, vomitando un blanquecino chorro de luz hacia donde él se encontraba, haciendo así que se hicieran visibles las incontables motas de polvo que flotaban en el aire. Se convertía entonces el rellano de las escaleras en un universo de diminutas partículas que cabalgaban sobre aquel fulgor proveniente de los recónditos rincones de la habitación en la que nunca tendría oportunidad de penetrar.

El hecho de que repitiera la aventura cada vez que visitaba la casa de sus abuelos no le quitaba ni una pizca de emoción a la misma. El ascenso peldaño a peldaño de cada tramo de la escalera, la panorámica del gran helecho desde la baranda del rellano y el posterior giro y acercamiento hacia la puerta abriéndose camino entre las microscópicas estrellas polvorientas de aquel aire viejo y rural, hacían que su corazón se acelerara progresivamente, hasta que cuando ya rozaba con su cara la áspera madera de la puerta, colocando su ojo en línea con el de la cerradura, su respiración se paralizaba por unos instantes.

El tranvía 581

El tranvía 581. Lisboa
El tranvía 581. Lisboa

A veces querríamos salir de la fotografía para descubrir su sentido más allá de los límites de la imagen. ¿ A qué está mirando la viajera ? ¿ Por qué no miran los demás ? ¿ A quién mira el viajero que está de pie, a la derecha, con su cara tras el cristal de la ventanilla ? Nunca lo sabremos.

La escalera

Tenía tres tramos y un pequeño rellano. En el suelo se alternaban losas blancas y rojas, de barro cocido. Algunas estaban sueltas y producían un ruido incómodo al pisarlas. Pero él ya sabía cuáles eran, y las evitaba al subir o bajar. A veces incluso alcanzaba un peldaño sin pasar por el anterior, apostando con él mismo sobre si llegaría al final sin hacer saltar alguna de aquellas baldosas rebeldes. Al borde de cada escalón un listón de madera gastada y oscura hacía de frontera entre las losas y el vacío hasta el siguiente nivel, y todos ellos, sin excepción, estaban más gastados por el lado cercano a la baranda, fabricada con la misma madera, igualmente gastada y oscura. Al final de cada tramo de la baranda una bola de bronce dorado marcaba a modo de hito el cambio de dirección en el corto viaje de ascenso o descenso.

A mitad de camino, en el rellano donde siempre solía asomarse para contemplar desde arriba el macetón donde el helecho extendía solemne sus brazos verdes y frescos, había una puerta. Del lado de la pared la puerta, en el lado del vacío la barandilla escoltada por sus bolas de bronce, y allá abajo, en el suelo, el macetón con el helecho de siempre, siempre verde, siempre gigantesco, siempre paleolítico.

Primero se asomaba para mirar abajo, al helecho. Quizás simplemente para armarse de valor, para no pasar directamente a lo más difícil, para no enfrentarse al miedo, al temor, al enigma. Mientras inclinaba su cabeza por encima de la baranda respiraba profundo, llenaba sus pulmones de aire, y lentamente empezaba a girar hacia la pared donde se encontraba la vieja puerta que nunca encontró abierta, pero que a través de su cerradura le permitía atisbar parcialmente lo que en la habitación contigua se escondía.

La lluvia sobre Málaga

La lluvia sobre Málaga
La lluvia sobre Málaga

Estar al aire libre cuando llueve permite contemplar cómo las nubes se derraman sobre la ciudad y acercarnos un poco a la Naturaleza, relativizando la importancia de mojarnos. Experiencias como sentir las gotas de lluvia sobre nuestro rostro es un placer gratuito que paradójicamente casi todo el mundo evita de manera inmediata e inconsciente.

Girasoles

No siempre las cosas son como se dice que son. Podemos internarnos en un campo de girasoles y capturar momentos en los que un ejército de plantas miran en dirección contraria al astro rey. Excepciones a la regla, o a los tópicos, o a la cultura popular, que no en todos los casos es exacta.

Girasoles. Antequera (Málaga)
Girasoles. Antequera (Málaga)

Humero

A veces la Fotografía juega con las coincidencias, las analogías, o las similitudes. El humero de una chimenea sobre la que flotan unas nubes que inmediatamente se transforman en nuestra imaginación en humo arrastrado por la brisa.

Humero. Casabermeja (Málaga)
Humero. Casabermeja (Málaga)

Charla en el parque

Charla en el parque. Lisboa
Charla en el parque. Lisboa

La fotografía callejera suele incluir figuras humanas. Me gustan aquellas instantáneas en las que aparecen personas charlando, comunicándose. Quizás porque cada vez más la Comunicación es más distante, menos directa, casi siempre a través de teléfonos, pantallas o teclados… Empieza a ser extraño o excepcional ver en un parque a dos personas que simplemente conversan tranquilamente, mirando a los árboles o al cielo.

Surcos

Surcos. El Encebro. Casabermeja (Málaga)
Surcos. El Encebro. Casabermeja (Málaga)

Los paisajes pueden convertirse en imágenes abstractas, según el ángulo desde el que se miren, la manera en que la luz los ilumine, y por qué no, la forma en que los interpretemos.

Entre los surcos siempre queda algo de Tiempo. Porque a lo largo de muchos años el Hombre ha ido formando montículos con las piedras y pedruscos que ha ido retirando de los campos conforme los araba y doblegaba, primero bajo el yugo y las bestias, después con tractores y excavadoras. Cada islote de piedras contiene y simboliza el trabajo y la lucha de generaciones y generaciones que durante siglos han laboreado la tierra sin descanso.

El baño

El baño. Maro (Málaga)
El baño. Maro (Málaga)

A veces la niebla y la mar se funden, y la línea del horizonte se convierte en un espacio difuso en el que aire y agua parecen hacerse uno, y casi podemos imaginar que alguien que nadara mar adentro terminaría flotando en la niebla, volando al nadar, o mojándose al volar.

Los tópicos turísticos de Málaga presentan habitualmente su costa con un mar soleado y azul, plano y benevolente. Sin embargo nuestro Mar de Alborán presenta con más frecuencia de la que se piensa jornadas de temporal y mar gruesa que sorprenderían a aquellos que solo nos visitan unos días en verano.

Un ejemplo de ello es el naufragio que se produjo el 16 de diciembre de 1900 en el mismo puerto de Málaga. La fragata alemana «Gneisenau» no pudo soportar los embates del temporal que en aquella jornada, como en tantas otras ocasiones, se precipitó sobre la costa. Ya al alba las autoridades de la ciudad avisaron al comandante de la embarcación de que fondear fuera del puerto sería peligroso, y le sugirieron hacerlo dentro, protegiéndose del viento y las fuertes olas del temporal de levante. El comandante declinó la invitación, y echó anclas en la bahía. A media mañana las olas rompieron las cadenas de las anclas, el barco se estrelló contra el dique de ese lado del puerto, el de levante, y el temporal siguió castigando a la tripulación haciendo que los botes donde intentaban llegar a tierra zozobraran o se estrellaran contra las escolleras del puerto. Muchos malagueños, conociendo la gravedad de la situación, acudieron a socorrerlos, con barcas y cuerdas que lanzaron desde el propio dique de Levante, puesto que el barco acabó hundiéndose a pocos metros de tierra, pero no por ello el salvamento fué fácil. Murieron 41 personas, entre ellas el comandante de la nave y 12 malagueños que perecieron intentando salvar a aquellos desconocidos que eran tragados por el mar ante su mirada y a pocos metros de tierra firme. Teniendo en cuenta que la tripulación estaba formada por 470 hombres, la tragedia se minimizó bastante gracias a esa rápida actuación por parte de malagueños que pusieron en riesgo su vida, e incluso la perdieron, por ayudar a aquellos militares alemanes. Desde entonces Málaga tiene el honor de incluir en su escudo el título de «Muy hospitalaria», concedido por la regente María Cristina en nombre de su hijo Alfonso XIII en reconocimiento al valor y el altruismo que derrocharon en aquella jornada donde el mar mediterráneo, una vez más, dejó de ser tranquilo y amable para convertirse en peligroso y traicionero.

Aún hoy todo malagueño, desde que es niño, sabe que los días de «levante» hay que extremar la precaución al bañarse en el mar, o mejor aún, dejarlo para otro día.

Atardece en el puerto de Las Pedrizas

Las Pedrizas es un accidente geográfico bien conocido en Málaga. La hendidura geológica por donde la autovía A-45 accede desde las llanuras de Antequera a los Montes de Málaga, centinelas de la capital, es el hito que todo viajero o turista identifica como señal de que se acerca ya a la Costa del Sol. Lo que no suelen conocer es que este puerto no es natural. Es decir, el paso por donde transcurre la carretera es en realidad una apertura creada artificialmente hace unas décadas, y el antiguo camino que permitía viajar desde Málaga hacia el Norte, el puerto de Lucena, permanece oculto y olvidado al Oeste de Las Pedrizas, al pie de la Sierra de las Cabras y a pocos metros de los automóviles que circulan por la autovía actual.

Puede verse una imagen satélite del puerto de Lucena, donde aún se vislumbra el antiguo camino, en el siguiente enlace de Google Maps: Puerto de Lucena

Atardece en Las Pedrizas (Málaga)
Atardece en Las Pedrizas (Málaga)